El orden de la nada.

mayo 24, 2009

Hacia mucho tiempo que no estaba a solas con él.

En realidad no estaba a solas, estaba en el puto metro atestado de gente, pero hacia tiempo que no quedábamos él y yo; obligados a hacernos de exclusiva compañía.

El metro llego a la estación de Gran vía, se vacío el vagón.

Me senté y me vi las botas, hacia tanto tiempo que no me ponía esas botas de tacón, note la ironía, no me ponía la botas casi desde la misma época en que lo conocí.

Por aquellos días yo estaba reinventándome, intentado aparentar de una vez por todas la edad que empezaba a tener y es que después de haber sido tan punky el comprarme unas botas de tacón era todo un “estaitment”, era como decirme a mí misma es hora de que empieces a madurar y a ordenar tu puta vida. Y justo ahí había llegado él, justo en ese momento de mi suturada madurez me había cruzado con él.

Como lo supe, con una sonrisa me pulverizo, no lo conocía aún y tan solo le tomo una sonrisa distante, anónima, para arrebatarme la paz. Como odio eso, como odio las personas que me reducen a espasmos emocionales, a monosílabas impulsivas.

Las botas estaban muy gastadas, no es que hubiese pasado años, es que eran baratas. Creo que él y yo vistos desde fuera teníamos que parecer igual que las putas botas; baratos y desgastados prematuramente, o por lo menos así me imaginaba yo que nos veían los extraños que poblaban el metro.

Yo siempre fantaseo con la gente del metro, creo que todos lo hacen, no soy aquí la soñadora primigenia de vidas ajenas, por eso estaba convencida de que el primer aburrido ojearía el vagón y se fijaría en la incomodidad que desprendíamos.

La conversación era una sucesión de obviedades insultantes, pero es que incluso en medio de los amigos, laxantes para nuestro dúo,  éramos incapaces de hablar, de realmente hablar. Ni siquiera borrachos. Ni siquiera drogados.

Era tan consciente de todo esto que estaba temiendo que se me notara en la cara.

Creo que saber que tenía que pretender de este modo con él era de los actos más infames de mi vida, pero era inevitable, era casi mecánico, es como si al intentar acercarme de nuevo me descompusiera y se me fueran cayendo poco a poco las extremidades, era sumamente doloroso y por eso ninguno de los dos lo había vuelto a  intentar.

Por todo eso este encuentro obligado era escandaloso, los pensamientos pasados se me untaban en el semblante mientras yo intentaba evadirme repitiendo mantras cotidianos de estupidez tras estupidez.

No creo que sirviera de mucho mi esfuerzo por disimular pero por lo menos mantenía ese tono falso tan eficaz a la hora de marcar abismos entre personas.

Él vivía donde siempre, vivía en aquel piso del que recordaba casi todo.

Yo estaba estrenando libertad y con ella habitación nueva. Estrenaba muchas cosas en mi vida últimamente.

¿Por qué coño me puse las putas botas justamente hoy? Detesto este tipo de coincidencias estupidas, si por lo menos fuera una coincidencia con consecuencias, pero no, es una mera sutileza, una insignificancia tal que molesta más que la sarna.

Ahora mi piso estaba justo frente al suyo.

Ahora tenía que reacostumbrarme a esta soledad absurda de estar acompañada, de sentirme despedida en cada segundo.

Este inicio de batalla me había tomado por sorpresa.

Yo me encontré con alguien que se encontró con otro alguien que nos llevo al bar al que luego llegaron ellos y luego llegaron todos. Ya esta, esa es la puta historia, así esquemática, por que para qué entrar en detalles, para qué deleitarse en la matanza si ahora me estoy desangrando.

Lo que más me repugna de toda la jodida situación es su indiferencia, es decir él sabe que yo estaba ahí tragando granadas, mientras para él era un viaje en metro, incomodo sí, pero nunca una batalla desalmada por sujetar su existencia.

Él sabe que yo soy el tipo de esqueleto de ser humano que tiende a desprenderse con facilidad y a quedarse esparcido por los rincones menos esperados, soy un puto esqueleto que se hace montoncito de huesos a la minima, así porque sí.

Hubo un momento en que incluso creí por un segundo ver un fotograma escondido entre el desgaste.

Fue un fallo, un despiste mutuo.

Contexto: conversación sin sentido sobre la nueva línea de metro.

Él menciona que la tuvo que tomar el otro día para ir a la estación de trenes porque iba a ver a su hermano pequeño y ahí fue cuando se jodio todo. Se nos olvido quienes éramos y el papel que teníamos asignado, él miro al cristal con ternura, se miraba a sí mismo, porque el contacto visual directo era peor que una ceguera momentánea. Sin querer el cristal se convirtió en excusa, el puto fondo negro del túnel que lo consume todo nos hizo eco, y por un segundo cruzamos la mirada en la proyección.

La jodimos, la tensión a continuación fue minuciosa, fue exhaustiva y nos dejo agotados, en silencio. Hastiados el uno del otro porque ya sabíamos como acababa todo y ninguno tenía ánimo para pretender, el microsegundo de ternura nos había eliminado. El cansancio se hizo insoportable, todo me pesaba, odiaba estar en medio de este chiste y tener que mirarme los pies y ver las putas botas de tacón, era como escupirme en la cara.

Quedaba poco, una sola estación.

Respire y el aire se agrietaba.

Cerré un poco los ojos y me ardieron los parpados.

Me dolía la cabeza.

Afuera hacia frío, mucho frío, me abroche el abrigo mientras caminaba, luego de dos pasos exactos, contados, premeditados, me gire y sonreí intentando estar por encima de todo, intentando no sentirme desnuda, y levante la mano para decir adiós.

Todo parecía llegar a su fin, la ultrajante sensación de su presencia pronto se disiparía, sabia que no era la última vez que esto sucedería ahora que la ecuación apuntaba a repetirse, a convertirse en constante. La suerte seria reiteradamente violada hasta que ya no me importara prostituirme y sucumbiera, y asumiera que esto se normalizaría y que justo entonces toda la poética, la tragedia, de nuestra historia se acabaría. Irremediablemente nos haríamos pop, marketing, olvido.

A partir de aquí y de ahora seriamos inmemorables.

Cuando llegué a casa me quite las botas muy despacio, con el alama llena de tristeza, porque ellas eran una de tantas cosas que volverían a ser silencio, que ya no tendrían qué decir, que se convertirían en mortales.

Las muescas del yo que deje por tú camino ya no sirven.

Hoy serás el abandono monótono. El orden de la nada.

La Última Escapada.

mayo 24, 2009

(Uno no se da cuenta de lo prostituido que anda el pasado hasta que repara en el mal uso que la gente hace de los símbolos, así esta el pasado y así anda el presente, un poco ciego, un poco al tun tun sin saber muy bien quíen es quíen en su prepotencia onomástica. Ese es el caso de este héroe diluido entre los años y cuyo nombre se reinventa con cada nueva lengua que se posa sobre él).

Últimamente estoy al borde de un viaje a la inversa,  una aventura deshilada, y todo esto me puso a pensar en aquellos que con el alma en tres pedazos o con el pecho hinchado de orgullo hacen maletas para regresar a la tierra que un día los vio nacer.

Justamente pensando en hacer esas maletas, que a modo de manto de Penélope se han convertido en mi única excusa para no tomar decisiones, fue que reparé en el tan de moda “Síndrome de Ulises”, un mal psiquiátrico que por lo visto define al tercermundista que se salta el estrato y llega el primer nivel del orden económico. Es decir, no al extranjero, al inmigrante porque extranjero es el que es como ellos, y el otro es el que viene a ser ciudadano de segunda clase.

Muy en la linea del señor Freud la sicología actual sigue aquella moda, impuesta por su padre, y se sirve de los mitos helénicos como si fueran un libro de nombres de bebé. Sin embargo me da a mi que alguien no se leyó La Odisea, o no la entendió, porque el mito lo tiene totalmente del revés.

Se puede perdonar el hecho de que la gente llame Ulises a Odiseo, es un error histórico tan generalizado que ni siquiera es relevante, pero no comprendo como un semidios que viene de destrozar al enemigo envuelto en ese halo de triunfo y orgullo patrio se puede parecer a un inmigrante nigeriano, peruano o saharaui. Este hombre se embarco en una cruzada que hoy en día sólo se pude comparar con travesías militares tipo Afganistán o Irak, pero además el señor Odiseo venia muy bien acompañado de un sequito de fieles guerreros que lo seguían hasta la muerte. No veo las conexiones por más que me rompa la cabeza.

Pero es que incluso en  lo más evidente esta tergiversado; Odiseo regresa a su casa mientras que el inmigrante la deja atrás. La tristeza y sensación de alineación que siente un inmigrante y que quizá se podría asemejar a algunos  parlamentos de la Odisea, son causados por estímulos totalmente opuestos; el uno viene y el otro se va. Odiseo recorría un camino ya andado y la mujer colombiana que deja sus tres hijos en busca de un trabajo digno y un futuro mejor se va sin saber muy bien que va a encontrar. Es tan obvio que parece que alguien se perdió el capitulo de barrio sesamo sobre ida y vuelta.

Justo ahora que me veo en la humillante situación de regresar casi en contra de mi voluntad me doy cuenta de lo diferente que es,  recuerdo aquel vuelo de ida hace siete años y sé con toda seguridad que este, el de vuelta,  no se parecerá en nada. La emoción de lo desconocido, el desencanto de una realidad idealizada y el fracaso de la soledad son el viaje A, en el viaje B el individuo sabe lo que le espera y aunque todo sea familiar te sientes alienado, todo cambia pero desde dentro no desde fuera, es una cuestión personal y no del entorno.

En lo único que el inmigrante es similar a Odiseo es en aquella voluntad de hierro, ese deseo inquebrantable de seguir adelante, de llegar al sueño anhelado sin importar si te pierdes a ti mismo en el camino, porque la mayoría están en esto por algo más que por sí mismos, la mayoría son una posibilidad única para toda una familia, ¡que carajos! muchos son una posibilidad única para un país entero, y es por esto que cargan con la misma responsabilidad que arrastraban Odiseo y sus hombres. Ojalá tuvieran las mismas bendiciones de los dioses y llegaran a buen puerto, ojalá los finales fuesen similares y esa tierra ajena se convirtiera en su Ítaca, ojalá el dichoso síndrome de Ulises imbuyera por el poder del tocallismo esos buenos presagios a sus afectados.

Una cosa que no entiendo es como el autor del síndrome no se fijó en mitos que casi calcan la experiencia o viajes de inmigrantes históricos que lucharon por alcanzar esa tierra prometida, ¿acaso Moisés o Medea no son lo suficientemente postmodernos?

Por mi parte sé que el canto aguado de las sirenas empieza a disiparse y auque me vuelvo sin las tareas hechas, con el rabo entre las piernas y vacía, sé que aquello que alguna vez me embarcó en esta aventura se encuentra  al otro lado del Atlántico, y he de ir a buscarlo con urgencia,  de lo contrario la cordura explotará en mi interior dejándome huérfana del todo, dejándome sin siquiera la memoria de lo que fui antes de pisar el país de las maravillas.

Nombrando nombramientos.

mayo 24, 2009

brecht2 “Es un diario donde se construyen juntas aunque sea para contradecirse, todas las dimensiones del pensamiento brechtiano. Es un work in progress permanente, es working progress de la reflexión y de la imaginación , de la búsqueda y del hallazgo, de la escritura y de la imagen.” Gorges Didi-Huberman, Cuando las imágenes toman posesión.

Toda obra tiene un titulo, es una regla inquebrantable a la que se le han hecho muchas vías secundarias, muchos simplemente las nombran “Obra 1”. Siempre he pensado que este tipo de personas tendrían hijos y los terminarían nombrando por el orden en que fueron escupidos a esta realidad.

-Uno, Dos y Cuatro es hora de comer.

– Cariño déjale algo en la nevera a Tres que hoy llegará tarde.

Este blog tiene un nombre en alemán, y no, yo no poseo ningún conocimiento real sobre la lengua germana. Muy a mi pesar la encuentro odiosa, y digo a mi pesar ya que sus pensadores, escritores y filósofos son sin lugar a duda un 10 geográfico en mi atlas personal del regodeo intelectual.

El caso es que para todos mis queridos castellano parlantes voy a explicar este nombre impronunciable en un intento de darle dimensión a lo que sea que termine siendo este ejercicio personal de exhibicionismo. Arbeitsjournal significa algo así como “diario de trabajo”, un diario desvestido del pegajoso espectro de lo personal.

Esta palabreja es también el titulo de una obra de Bertolt Brecht, una obra que se público en español justamente con ese titulo y que comprende los pensamientos del genio alemán desde 1938 a 1955, advierto no se hagan ilusiones es de esos libros que en español es toda una lotería encontrar.

El caso es que el Arbeitsjournal termino siendo el nombre de este blog por una cuestión menos romántica. Yo intente algo así como unos 10 nombres que fueron amablemente rechazados por ser previamente reclamados por otro bloggero que no tardo tanto como yo en llegar a la fila de la oficina central de la blogoesfera. Lo admito he sido muy lenta en asumir que toda esta mierda que se me ocurre, toda esta inutilidad de pensamiento, era mejor colocarla en algún lugar. Siempre fui de las que andaba con exceso de equipaje, así pues este blog es mi mudanza, sus posts serán empacados en cajas virtuales, que espero liberen las saturadas estanterías de mi persona. Fue una resolución de emergencia ante la decadencia de mi vida.

El caso es que luego de casi desistir de toda la puta idea de tener un blog solamente por ausencia de titulo, recordé el libro que andaba leyendo por aquellos días, un ensayo de Gorges Didi-Huberman titulado Cuando las imágenes toman posesión. En este libro a mí, una freaky del señor Brecht,  se me introdujo toda una etapa de su persona que desconocía, la de bloggero. Cuando recordé este libro supe que el nombre de mi paranoia venia en alemán y por fin me agarre orgullosa a un titulo, que gracias a la originalidad de los bloggeros alemanes aun no existía. Y así fue como el bautizo se hizo oficial y el agua fue derramada sobre la frente de mis palabras y el sacerdote de wordpress termino la ceremonia de bienvenida a la vida virtual a esta fracasada en busca de redimirse.

Con el augurio de semejante origen y sin la prepotencia de siquiera aspirar llegarle a los talones a mi amadísimo Brecht, el nombre de este cajón de sastre solo espera mantener ese conflicto entre historia en minúscula e Historia, así con mayúscula, que fueron sus diarios.  Arbeitsjournal busca lo mismo que Brecht buscaba, darle sentido a esa intimidad que causa la actualidad, darle sentido a esa guerra que lo había convertido en exiliado.

Yo espero darle sentido a la guerra que me rodea, a la guerra que libro con migo misma y sobretodo a la guerra que he creado para la gente que una vez me quiso.